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Crítica: La ciudad de las estrellas (La La Land)

La ciudad de las estrellas (La La Land) se nos presenta como un musical clásico y, a la vez, rabiosamente actual. La pareja formada por Ryan Goslyn y Emma Stone nos enseña, al compás de la música, el valor de cumplir nuestros sueños. Y también el precio que debemos pagar por ellos… La historia se ambienta en una inspirada ciudad de Los Ángeles, la City of Stars por antonomasia.

Las expectativas puestas en La La Land eran inmensas. La “culpa” la tenía el continuo bombardeo de promoción, el récord de la película en los Globos de Oro (7 premios de las 7 nominaciones) y que sea una de las favoritas para los Oscars 2017. Tenía todas las papeletas para que me decepcionara, pero muy al contrario, me ha removido por dentro como hacía tiempo que no me pasaba… Algo que entiendo que es totalmente subjetivo y que os explicaré con mayor detenimiento.

La ciudad de las estrellals (La La Land), momento musical

En La Ciudad de las Estrellas revivimos el musical clásico, con los movimientos y la inocencia propios del género. Esa tradición se conjuga a la perfección con la modernidad actual. Como no estoy acostumbrada a los musicales, al principio me ha costado entrar en el género. Pero en cuanto entras, es difícil salir. Los números musicales apenas tienen cortes. Están rodados en planos secuencia y la posproducción es mínima. Antes de que aparezcan los títulos de crédito ya aparece el primero; el más espectacular de todos, rodado en plena autopista de Los Ángeles.

Entre las canciones destaca la estupenda “City of Stars” (Ciudad de las Estrellas). Tanto por su letra, que resume el dilema de la película, como por la química que derrochan los protagonistas cuando la interpretan al piano. En esa escena han dejado unas risas entre ambos que se adivinan naturales. Esto demuestra que no solo importa la voz, sino la veracidad y el sentimiento que transmiten.

Ciudad de las Estrellas, en el cine

La acción se centra casi exclusivamente en los dos protagonistas, siendo el papel de los secundarios justo lo que su nombre indica. La pareja principal está muy bien escogida, encaja y se hace creíble. Emma Stone se nos presenta con una sonrisa permanente, tanto en sus mejores momentos como en los peores. Interpreta a Mia, una aspirante a actriz que, como tantas otras, se gana la vida de camarera. Mientras que Ryan Gosling es un pianista que sueña con montar su propio club de jazz. El diseño de vestuario hace una gran labor con el actor, al que cualquier ropa le queda como un pincel.

“Brindo por los que sueñan, por insensatos que puedan parecer”

Considero que cualquiera que tenga aspiraciones artísticas se puede identificar con los protagonistas. Te puedes ver reconocido en esos momentos bajos, en los que se te pasa por la cabeza tirar la toalla, o cuando te planteas que quizás no seas tan buena como pensabas. Hay sentimientos encontrados hacia ese “por amor al arte”, que es muy posible que acabe sustituyendo el amor de otra persona.

Está presente el eterno dilema de sacrificar todo para estar 100% viviendo solo tu sueño. O, por el contrario, conformarte con la estabilidad de la rutina y los placeres de las pequeñas cosas. De cualquier modo, La La Land deja claro que no podemos controlar adonde nos lleva cumplir nuestros sueños.

Ryan Gosling y Emma Stone en La La Land

Para Damiem Chazelle, con solo 31 años, esta es su tercera película. Si no te suena su nombre, quizás lo reconozcas como el director de Whiplash, que consiguió tres Oscars en el 2014. En esta película, el actor J.K. Simmons tiene un pequeño y cómico papel. Chazelle también ha escrito el guión de la interesante Calle Cloverfield 10.

A su nueva película se le puede culpar de estar demasiado orquestada, articulada, medida… pero yo no voy a ser quien la acuse de ser demasiado perfecta. Me quedo con estas palabras del director: “En estos días de oscuridad y cinismo, necesitamos reconciliarnos con el romanticismo en la pantalla”. 

Y a pesar de todo, La ciudad de las estrellas no tiene el final complaciente que cualquiera podría esperar… Lo que la iguala a la crudeza de la dura realidad. Y sin duda, la hace más grande.